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Insólito: Robaron una camioneta en la que viajaba un hombre en silla de ruedas

La violenta secuencia quedó registrada por una cámara de seguridad. El vehículo fue encontrado a pocas cuadras. No hay detenidos

La calle Sarmiento, entre Lavalle y Alvear, en la localidad bonaerense de Villa Ballester, fue escenario de una escena indignante: dos delincuentes armados robaron una camioneta en la que viajaba un hombre en silla de ruedas y escaparon.

La violenta secuencia apenas dura 45 segundos, pero les dio el tiempo suficiente a los ladrones para dejar que la pareja del hombre -quien era la persona que manejaba el vehículo- bajara la silla del baúl, la ubicara del lado del acompañante y lo ayudara a sentarse. En todo momento se mostraron tranquilos y sin ningún tipo de apuro. Una vez que las víctimas fueron expulsadas, los delincuentes escaparon a toda velocidad en la camioneta.

La escena, que ocurrió ayer hacia las 19, quedó registrada por una cámara de seguridad. En el video se puede observar el momento en que la pareja, ya con su camioneta Volkswagen Tiguan de color blanco estacionada sobre la calle Sarmiento, fue abordada y amenazada por los ladrones. En la secuencia también aparece Walter, un amigo del matrimonio, a quien uno de los ladrones tomó del cuello mientras el otro increpaba a los dueños del rodado para que se bajaran.

Pese a tener al delincuente respirándole en la nuca, Walter no opuso resistencia y dejó que actuaran con la mayor tranquilidad posible y así evitar que todo se transformara en una tragedia de mayores proporciones. En el medio del tenso momento, la mujer -identificada como Laura Liliana Flores- bajó del asiento del conductor, buscó la silla de ruedas y fue a ayudar a bajar a José Bálsamo, su marido.

Casi al final, los ladrones tuvieron un problema con el auto porque arrancaron y se les frenó. Pero rápidamente pudieron retomar la marcha y escaparon a toda velocidad. Todo, ante la mirada resignada de las tres víctimas. Según confirmaron fuentes policiales a Infobae, la Volkswagen Tiguan fue encontrada abandonada algunas cuadras después, en la esquina de la calle Mendoza y Calle 2.

En diálogo con el canal Todo Noticias, Walter dio algunos detalles de lo ocurrido. De acuerdo con su relato, Liliana y José son un matrimonio amigo que habían ido hasta su casa de visita. Cuando estaban por irse, el dueño de la vivienda salió para despedirlos y fue ahí cuando fueron sorprendidos por los dos delincuentes armados, quienes en un primer momento caminaban como si fueran un par de vecinos más.

“Se portaron bien los tipos. No fueron agresivos ni nos golpearon. Fue un susto nada más. Dejaron sacar la silla. Encontraron el auto a las cinco cuadras. Estoy muy contento por cómo nos trató la policía. Después los efectivos vinieron a vernos. Los delincuentes me decían que nos iban a matar. Yo al tipo no lo veo nunca. Viene de atrás y la verdad es que nos sorprende. Me quedé mal. Me nublé y no me acuerdo de nada. Al muchacho discapacitado lo bajaron”, relató Walter, quien aclaró que fue un hecho al voleo y que de entrada no se percataron que arriba de la camioneta había una persona en silla de ruedas.

La denuncia fue hecha por Liliana en la Comisaría Segunda de San Martín y en la causa intervino la Unidad Fiscal de Investigación número de 10 del Departamento Judicial de San Martín. La calificación del expediente es robo y hallazgo de automotor, según confirmaron las fuentes a este medio. Los delincuentes aún no fueron identificados, mientras que las tres víctimas resultaron ilesas aunque impactadas por la violencia del episodio.

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Conmoción mundial: Murió Diego Armando Maradona

Sufrió un paro cardiorrespiratorio en la casa de Tigre en la que se había instalado tras su operación en la cabeza

Villa Fiorito fue el punto de partida. Y desde allí, desde ese rincón postergado de la zona sur del Conurbano bonaerense se explican muchos de los condimentos que tuvo el combo con el que convivió Maradona. Una vida televisada desde aquel primer mensaje a cámara en un potrero en el que un nene decía soñar con jugar en la Selección. Un salto al vacío sin paracaídas. Una montaña rusa constante con subidas empinadas y caídas abruptas.

Nadie le dio a Diego las reglas del juego. Nadie le dio a su entorno (un concepto tan naturalizado como abstracto y cambiante a la lo largo de su vida) el manual de instrucciones. Nadie tuvo el joystick para poder manejar los destinos de un hombre que con los mismos pies que pisaba el barro alcanzó a tocar el cielo.

Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza.

A diferencia del común de los mortales, Diego nunca pudo ocultar ninguno de los espejos.

Es el Cebollita que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva. El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco de La Noche del Diez. El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia. El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que venda el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida. Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que le saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Porque si hubiera que elegir un solo partido sería ese. Porque no existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

Barrilete cósmico. Y la pelota no se mancha. Y las piernas cortadas. Y que la sigan chupando. Y la tortuga que se escapa. Y el jarrón en el departamento de Caballito, el rifle de aire comprimido contra la prensa, la Ferrari negra que descartó porque no tenía stéreo, la mafia napolitana y toda una ciudad que elige vivir en pausa, rendida a su Dios. Es el de las canciones, el los documentales a carne viva y las biografías siempre desactualizadas. El que levanta el teléfono y llama cuando menos lo esperás y más lo necesitás. El que jugó partidos a beneficio sin que nadie se enterara. El que pasa del amor al odio con Cyterszpiler, con Coppola o con Morla. El que siempre vuelve a sus orígenes y le presta más atención a los que menos tienen.

Es el abuelo baboso y el papá inabordable.

Es antes que todo y por sobre todas las cosas el hijo de Doña Tota y de Don Diego.

Y Maradona es en presente pese a que de los que mueren haya que escribir en pasado. Es el que en Dubai se codeaba con jeques y contratos millonarios y el que en Culiacán y con 40 grados a la sombra pedía un guiso a domicilio. El que internaron en un neuropsiquiátrico. El que pudo dejar la cocaína. El que hizo jueguitos en Harvard. Es el que como entrenador de Gimnasia vivió un postergado homenaje del fútbol argentino. Aquel que había dirigido a Racing y a Mandiyú no era este último Diego de las rodillas chuecas, las palabras estiradas y las emociones brotando sin filtro.

Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención.

Y el alma se fue apagando al compás del cuerpo. En el último tiempo ya no quería ser Maradona y ya no podía ser un hombre normal. Ya nada lo motivaba. Ya no servía el paliativo de los antidepresivos ni las pastillas para dormir. Y la combinación con alcohol aceleraba la cinta. Cada vez menos cosas encendían su motor: ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo, ni los amigos, ni la familia, ni las mujeres, ni el fútbol. Perdió su propio joystick. Y perdió el juego.

Lo llora Fiorito, escenografía inicial de esta historia de película y pieza fundacional para comprender al personaje. Lo lloran los Cebollitas donde se animó a soñar en grande. Lo llora Argentinos Juniors donde no solo es nombre del estadio sino el mejor ejemplar de un molde que genera orgullo. Lo llora Boca y toda la pasión que unió a un vínculo que fue mutando pero conservó el amor genuino. Lo llora Nápoles, su altar maravilloso en el que con una pelota cambió la vida de una ciudad para siempre. Lo lloran también Sevilla, Barcelona y Newell’s, que infla el pecho por haberlo cobijado. Lo llora la Selección porque nadie defendió los colores celeste y blanco como él.

Lo llora el país entero y el mundo.

Entre tantas cosas que hizo en su vida, Maradona hizo una particularmente exótica: se entrevistó a sí mismo. El Diego de saco le preguntó al de remera de qué se arrepentía. “De no haber disfrutado del crecimiento de las nenas, de haber faltado a fiestas de las nenas… Me arrepiento de haber hecho sufrir a mi vieja, mi viejo, mis hermanos, a los que me quieren. No haber podido dar el 100 por ciento en el fútbol porque yo con la cocaína daba ventajas. Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, se contestó en una sesión de terapia con 40 puntos de rating.

En ese mismo montaje realizado en 2005 en su programa “La noche del Diez”, el Diego de traje le propuso al de remera que deje unas palabras para cuando a Diego le llegue el día de su muerte. “Uhh, ¿qué le diría?”, piensa. Y define: “Gracias por haber jugado al fútbol, gracias por haber jugado al fútbol, porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad, es como tocar el cielo con las manos. Gracias a la pelota. Sí, pondría una lápida que diga: gracias a la pelota”.

FUENTE CLARIN

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Moreno: Motochorros apuntaron a madre e hija para robarles

El hecho ocurrió cerca de las 17 Hs de ayer, Martes 24/11/2020, en Rauch esq. Filipinas de la localidad de Trujui.

El robo quedó captado por las cámaras y se puede observar el momento justo en que cuatro motochorros, en dos motos, interceptaron a la mujer que se encontraba en su vehículo.

Uno le apunta a la madre, la obliga a descender del rodado mientras que un cómplice saca a la nena para lograr darse a la fuga con su objetivo.

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